“Cuando ruge la marabunta” – La importancia de un piano usado

Cuando ruge la marabunta (2) por ti.

El paso de los años varía indefectiblemente la visión que tenemos de muchos aspectos de la vida. Como éste no es un espacio dedicado a la filosofía, no voy a elaborar (además, tampoco podría) toda una teoría sobre el tema, sino que voy a aplicarlo al mundo del cine.

Es habitual, en el caso de la televisión, que series o programas que nos impactaron en una determinada época, pierdan fuelle con el tiempo y, si las o los contemplamos ahora, la mayoría suelen decepcionarnos mientras nos lanzamos la pregunta: “¿y a mí me gustaba esto?”

En el cine suele ocurrir lo mismo cuando se trata de películas que envejecen muy mal, pero también puede suceder todo lo contrario y puede, además, que nos fijemos en otros aspectos que nos habían pasado desapercibidos en un primer visionado.

El otro día tuve la oportunidad de volver a ver “Cuando ruge la marabunta” (1954) de Byron Haskin, uno de esos clásicos de aventuras a los que much@s accedimos a través de aquellas añoradas sesiones de cine de la tarde de los sábados cuando, todavía, podía verse algo decente en la televisión.

Debo confesar que la primera vez que me enfrenté a la trama no me interesó demasiado la turbulenta historia de amor entre los protagonistas, sino que mi foco de atención se dirigió a esa plaga devastadora de hormigas asesinas (ya puestos, no me importa reconocer que, de niña, me causaban pánico los ataques masivos de “bichos”). Sin embargo, años más tarde, las evoluciones de Christopher Leiningen y su recién estrenada esposa Joanna han llamado mucho más mi atención.

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Christopher Leiningen (Charlton Heston) es un joven terrateniente norteamericano que, en 1901, posee una inmensa plantación de cacao en plena selva amázonica. Hecho a sí mismo, solitario, huraño, machista y dominante, se jacta continuamente de haberle arrebatado al río y a la jungla las tierras de las que ahora es dueño y de haber conseguido civilizar a los indígenas que trabajan para él. Ante la necesidad de tener un heredero al que legar sus posesiones, Leiningen decide casarse por poderes con Joanna Shelby (Eleanor Parker), una mujer de fuerte personalidad que no se dejará amilanar por el rudo carácter de su esposo ni por lo inhóspito de la zona ni por las crueles costumbres de los nativos.

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El enfrentamiento entre ambos personajes se radicalizará cuando el terrateniente, que todavía es virgen, se entera de que Joanna es viuda y es rechazada de plano por este hecho. Este concepto de lo “usado” y de lo “nuevo” dará lugar a un diálogo memorable en el que se utiliza un piano a modo de metáfora:

LEININGEN:—Señora… Ha visto usted mi casa, tardé siete años en construirla, un auténtico milagro en el corazón de la selva. La gente se reía de mí, de mi afán por conseguirla, pero yo no hice caso, quería rodearme de las cosas hermosas de la vida. Crear una familia y poder ofrecerle una casa de la que me sentí siempre orgulloso, en unas tierras que arrebaté a la selva y al río sólo con mi voluntad. ¡La única exigencia que yo imponía era que todo cuanto subiese por el río fuese nuevo, que valiera la pena! ¡El piano ante el cual se sienta jamás fue abierto por nadie antes de su maldita llegada!

JOANNA:—Si usted supiera más de música, se daría cuenta de que un piano suena mejor cuando se ha tocado. Este no es un buen piano…

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La amenaza de la llegada de la marabunta (ese ejército de hormigas soldado que todo lo destruye) y su posterior ataque servirá para que ambos protagonistas vayan modelando sus impulsos y aceptándose hasta consumar su matrimonio.

“Cuando ruge la marabunta” se divide, por tanto, en dos partes claramente diferenciadas: la historia de amor-odio entre la pareja protagonista y la invasión de las hormigas.

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En la primera podemos disfrutar de la tensión sexual que se establece entre los dos personajes: una guapísima Eleanor Paker despliega todos sus encantos femeninos ante un virginal, arrogante, “masculinísimo” y algo desgarbado Heston que reprime sus impulsos hasta la extenuación. En este sentido es magnífica la escena en la que Joanna solicita a Christopher que le extienda una loción contra los mosquitos. La mirada cargada de deseo que ambos mantienen durante unos minutos es altamente erótica y evidencia esa tensión antes mencionada.

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Mientras se plantea y resuelve el conflicto amoroso, Haskin va dosificándonos pistas sobre una terrible amenaza que desconocemos manteniendo así la intriga y nuestra curiosidad. Cuando se inicia la segunda parte de la película, descubrimos cuál es la cruda realidad y asistimos a los vanos intentos de Leiningen por salvar su plantación. El apoyo que su esposa le dará en todo momento contrastará con el pánico que mostrarán los nativos (película clásica=indígena miedoso y tonto), aunque la valentía de Joanna conseguirá que permanezcan al lado de su amo para luchar contra la marabunta: una especie de “castigo” de la naturaleza ante la soberbia de un hombre que profanó la selva en pos de su ambición.

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No es difícil observar claras concomitancias entre esta película y “La senda de los elefantes” (curiosamente también rodada en 1954) de William Dieterle. En esta última también los protagonistas deberán luchar contra un medio salvaje (en esta ocasión una plantación de té en Ceilán) y afrontar el ataque de la naturaleza (una epidemia de cólera, la sequía y una manada de elefantes fuera de sí). No debemos olvidar, finalmente, a la joven esposa (Liz Taylor) que se traslada, tras su boda, a la plantación de su marido (Peter Finch) que la ignora en un primer momento.

Byron Haskin (también responsable de la recordada “La guerra de los mundos” en 1953) sabe mantener tanto el pulso interpretativo-sexual de los protagonistas como el referido a la marabunta con algunas escenas que resultan del todo creíbles. Y, aunque vista hoy en día puede presentar algunos aspectos anacrónicos y contener los tópicos habituales en este género de películas, para mí sigue siendo aquella exótica aventura que me hizo disfrutar en una tarde de sábado.

 

Para ver la ficha de la película, pinchad aquí

 

 

Briony  

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  1. #1 por Swanson el 30 agosto, 2008 - 13:24

    Me ocurrió lo mismo que a tí con esta película, Briony. La vi por primera vez cuando tendría entre diez y doce años, y lo que menos reparé fué en la relación de la pareja protagonista, o mejor dicho, en todos los matices de esa relación. En el segundo visionado, ya con más de veinte años, apareció ante mi una nueva película, de dimensiones que no había apreciado la primera vez.

    Esta película, como puntualizas al final de la reseña, puede contener tópicos del género y de la época en la que se hizo, pero no se le puede negar algo que ahora se ha perdido en el cine. Un sólido guión respaldaba una película que al fín y al cabo contenía un argumento catastrofista. Y ese sólido guión te presentaba unos personajes que te eran creíbles, y contenía unos diálogos, como el que has transcrito, memorables.

    Muchísimo mejor ver por primera vez esta película, o revisionarla, que, por poner un ejemplo: “Australia” (la veré, no te vas a estancar solo en lo ya visto),que da mala espina solo por lo que se conoce de ella

  2. #2 por Karelia el 30 agosto, 2008 - 13:26

    Me encanta esta película. Es más, el otro día me entraron ganas de verla y ya la tengo esperando en el rinconcito de pelis por ver. Lo mismo me pasa con “la senda de los elefantes”, pero esa aun no la he conseguido, aunque también me gustó mucho, nunca llego a ser lo que fue esta, que por cierto, yo también descubrí en una de esas “sesiones de oro”, que echaban en mi caso, los domingos por la tarde.

  3. #3 por impaciente el 30 agosto, 2008 - 16:25

    me quedo con la confesión de tu crítica, ya que en mi caso
    fue la culpable de las peores y terroríficas pesadillas infantiles.

    Larga vida al Raid!

  4. #4 por Pliskeen el 30 agosto, 2008 - 18:36

    La recuerdo entretenida. Cierto es que tp la he vuelto a ver desde que era un renacuajo.

    Nuestra capacidad de análisis madura con el tiempo, como buenos cinéfilos/cinéfagos que somos. A veces el tiempo es bueno con las películas y otras veces, malo, pero tb depende de nuestro grado de aceptación.

    Hoy probablemente hayan envejecido fatal los fx de esta película, pero probablemente debido a ese factor seamos capaces de apreciar otros puntos interesantes de la misma.
    Claro que no siempre ocurre esto.

    Saludos ;)

    P.D.: Claro homenaje de Spielberg a esta película en su última entrega de Indiana Jones.

  5. #5 por Ford el 31 agosto, 2008 - 20:40

    Siempre he tenido un grato recuerdo de esta película, aunque debo confesar que siempre me interesó más las relaciones de los protagonistas que el ataque de las hormigas. Nunca comprendí el enfado de Charlton Heston con la Parquer, porque ella fuese de “segunda mano”, eso se le podía perdonar por lo fascinante que era. Además, el Charlton tantos años en la selva….tal vez él y la reina de las hormigas….sólo así se explica el ataque furibundo de estas, por celos. Me sigue gustando la peli.

  6. #6 por Phibes el 8 septiembre, 2008 - 21:39

    Me pasa lo mismo que a la mayoría de los que comentan: la vi en uno de esos ciclos que hacía la dos, junto con “La Senda de los Elefantes” y “Mogambo”, pero cuando era un crío.

    De ésta recuerdo que me pasaba la película deseando que aparecieran las hormigas y de “La Senda…” recuerdo su pegadiza banda sonora.

    Pero tras esta reseña, me están entrando ganas de ponerme el salacot…

  7. #7 por Mercedes el 17 diciembre, 2009 - 23:58

    La he visto en más de una ocasión.
    Y la primera vez que oí lo del piano se me quedó la frase.
    Y mira por donde, la recuerdo más por esto que por toda la legión de hormigas. Quizá por que me pareció una apreciación muy machista. Y ella supo salir triunfante de los celos de él.
    Se respira sexo total en los protagonistas. Es la muestra de que no hace falta que se desnude nadie para que el ambiente sea totalmente erótico. Ya no se hacen películas así.

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